Estábamos jugando todas en la misma habitación cuando la
puerta se abrió y mi tía nos anunció que había hablado por teléfono. Teníamos
nuevos planes.
-Prepárense que nos vamos a la quinta del abuelo, a pasar la
tarde- y se encaminó a la cocina donde prepararía las viandas.
Mi prima mayor decidió hacerse cargo del orden y agregó.
-No podemos ir todas.- Le gustaba sentirse la que encabezaba
al grupo.- Una se tiene que volver a su casa.- y se dirigió a mí, casi en forma
directa.
Miré el grupo, y la cuenta era fácil, las tres hermanas iban
con su madre. Sólo faltaba decidir entre la amiga de mi prima, llamémosla
María, y yo.
Sin dejarnos reaccionar, mi prima tomó una lapicera y un
papel.
-Vamos a dejar que la suerte decida. Lo vamos a sortear.-
Escribió en dos papelitos y los puso dentro de una bolsita transparente. Llamó a la menor de sus hermanas y le hizo sacar uno de ellos.
Escribió en dos papelitos y los puso dentro de una bolsita transparente. Llamó a la menor de sus hermanas y le hizo sacar uno de ellos.
Realmente demostraba tal interés por la transparencia, que
rompió en papel restante bajo la consigna de no dejar ninguna duda al respecto.
Abrió el papel elegido y lo mostró a todas para que
pudiéramos leer: María, escrito con tinta azul.
Me miró verificando que hubiera entendido, y sonrió complice a su
amiga.
Sin discutir, me levanté, saludé y caminé a mi casa
llorando.
Claro que había entendido, yo no era la elegida. Me
entristeció que no fuera el destino quien decidiera; los dos papelitos tenían
el mismo nombre; nunca el mío.





