jueves 10 de septiembre de 2009

Sal en los labios


Mira fijamente el chop, lo acaricia lentamente acompañando una gota de sudor que resbala hacia la madera de la barra.
-El mar se fue...- toma un sorbo más -La cerveza me lo recuerda.
La espuma, el sabor amargo, el color... Siempre me deja con sed.
Me sirve generando una ola en mi copa. Imagino peces del pasado saltando en las burbujas. Lo miro a contraluz, con la fiesta desatada golpeando sus espaldas.
Debió decir “la mar”... Se fue “la mar”, me digo.
Miro mi reflejo en el espejo del fondo, mi imagen entre las botellas y las sombras. Palpo la llave en el bolsillo de mi chaleco. Aún está.
En algún lugar, un piano me espera.

(Referencia-ver "Azul verde"-entradas antiguas de la Parte clara)

lunes 7 de septiembre de 2009

Creación


Los hombres tuvieron la visión, le llamarían Almería.
Bajaron de las sierras, y unidos levantaron el faro, como un ojo de la luz en las tinieblas de la creación. Ahí mismo, justo donde se unían dos franjas rojas en la tierra, construyeron el puerto con las rocas que trajeron.
Unos, hicieron sus barcos de pesca y los acomodaron en una larga fila de colores. Otros, trenzaron las redes y las echaron esperanzados en que la Virgen los cuidaría en cada día, en cada regreso.
Entre el puerto y el cielo construyeron mercados, templos y caminos.
Cuando el sol hubo caído, entraron en sus casas, alargando la noche con antiguos cantos que aún recuerdan los más viejos.
Las estrellas brillaron con fuerza por un momento, cumpliendo el deseo azul.
Luego Dios, vio el trabajo de los hombres, y puso el Mediterráneo cayendo del río Andarax.

(Participó del concurso de los 100 años del Puerto de Almería, España)

miércoles 3 de junio de 2009

Un sapo


El baila torpemente con sus enormes ojos abiertos bajo las brillantes luces. Mira a esa princesa que se mueve sensualmente, siguiendo la música. Espera deseoso recibir el beso mágico.
Afuera, se acerca el amanecer del domingo.
Ella sonríe tranquila, no lo besa. Sabe que cuando salga el sol, él seguirá siendo sapo, y ella se convertirá en cenicienta sin perdices ni zapatillas de cristal.

miércoles 13 de mayo de 2009

Microbiografía


Me levanto atolondrada como siempre, desayuno en pijama y voy al placard a buscar ropa. Me visto con lo que pensé anoche.
Al pasar por el espejo me doy cuenta que no es lo adecuado para mí.
Revuelvo, me pruebo y cambio mil veces. Vuela lo descartado a la cama, saco más y combino con otras.
Finalmente, el reloj apura y me quedo con el primer pantalón, la tercera polera, el sexto pulóver y la campera de siempre.
Casi corriendo tomo el bolso, cierro la puerta con llave y pienso en la montaña de ropa que quedó sobre la cama. Cuando vuelva deberé poner todo en su lugar.
Camino a la parada del micro, pienso.
No se quien soy hoy, pero sigo siendo yo.

miércoles 8 de abril de 2009

Unicornio


Raras veces se abre una brecha que une el pasado con el presente, y ese día, en una placita de Floresta sucedió.
Desde el cielo bajó un plateado unicornio a posarse junto a un cantero de flores, justo cuando el sol rojizo caía arrastrando las últimas horas del día. Sacudió sus crines, que generaron miles de destellos llamando la atención de los pocos testigos del caso.
Tal era la belleza y pureza de aquel mítico animal, que los presentes detuvieron su andar quedando convertidos en estatuas. O quizás fue, que maravillados ante el potrillo de cuerno de añil, se detuvieron para evitar espantarlo. Como sea, el único movimiento en esa plaza correspondía a las mandíbulas, que con placer devoraban las margaritas.
A veces, una vibración de la piel sacudía todo en cuerpo del equino cornado, y se trasladaba unas plantas más allá como si eligiera cuales debía deshojar; tal vez preguntándose, me quiere o no me quiere.
La escena, según cuentan, era realmente inspiradora para el alma. Este ser trasfundía pureza a toda la naturaleza que lo rodeaba; aves, perros, algún gato, y hasta a los mortales hipnotizados, se sentían bañados de aquella paz.
Fue entonces que se escuchó el sonido punzante avanzando en el aire hasta dar contra el pecho de luminoso pelaje, llenándolo de brotante sangre roja.
El unicornio cayó en un segundo sobre el césped perfecto de aquella plaza, derrumbándose junto a él, todo el ambiente mágico que había aplacado los sonidos del tránsito urbano. La gente volvió a su ritmo, apurada por llegar a su casa antes de que cayera la noche. En el lugar quedó una niña, la única que vio llegar al guardián de la plaza con el arma en la mano.
El uniformado hombre recogió al animal y lo arrastró lejos de las flores, hasta una pequeña casucha junto a la calesita. Con gran habilidad lo vació para rellenarlo de aserrín, esas lágrimas de árboles talados.
Así rígido, le atravesó una barra de metal y lo colocó junto a los caballos de madera pintados de bellos colores.
La niña lo descubrió al día siguiente, subiendo y bajando al ritmo de una estridente música, atrapado en el carrusel de aquel horroroso guardián.
Eso que cuento fue hace muchos años, hoy ya mujer, me alejo de las plazas y de los guardianes de grises trajes.

lunes 30 de marzo de 2009

El caballero de la noche


("El caballero de la noche" recreación de tríptico en cartulina- 1.999)

Hace tiempo te soñé. Uno de esos sueños que se convierten en fantasía al despertar.
Me mudaba a un antiguo edificio de cuatro pisos en una callecita de Palermo, feliz por la nueva vida que empezaba. A los pocos días, aún sin terminar de instalarme, entraba corriendo, tratando de no perder el ascensor. Ahí te vi por primera vez, deteniendo la puerta de rejas romboidales, esperándome. Te agradecí la gentileza.
Ese espacio de tiempo que pasamos juntos, lo gastamos en silencios y sonrisas casuales, con miradas a escondidas como se hace siempre, al estar con desconocidos. Por tu aspecto casual, y los sifones acomodados a tus pies, te creí un sodero en plena tarea.
Era Palermo, se podían dar el lujo de tener uno tan interesante, me dije y bajé en el segundo piso.
Te volví a encontrar en las escaleras y en el ascensor varias veces más. No eras el sodero pero tampoco el encargado, Juan, al que ya conocía. Te imaginé como el nieto de alguna dulce viejita que vivía más arriba. No me interesó enterarme mucho más.
Una tarde me dirigí a la inmobiliaria por los últimos trámites del alquiler. Junto a la chica que me había citado estabas vos. Tu aspecto era más formal; tu voz grave y serena me impacto. Nos saludamos mientras la muchacha revolvía carpetas en busca de mi contrato. Me lo acercó para que lo firme, y luego te lo entregó a vos. Era tu inquilina. Según supe después, todos los departamentos te pertenecían por herencia de familia.
Como pasa siempre, Juan, me puso al tanto de toda tu vida. Habías quedado huérfano de padres en la infancia y fuiste criado por tu abuela, la dueña original del edificio. Una buena familia de antaño. Gente muy honesta y educada. Soltero, callado y entendido coleccionista de monedas antiguas. No se te conocía vida social ni amistades, tampoco más familia.
Supongo que habrá sido Juan el que te comentó que pintaba cuadros, porque me preguntaste sobre ellos una mañana que coincidimos en el ascensor. Me dijiste que te gustaría verlos, que te interesaba el arte. Naturalmente te invité en ese mismo momento a bajar en mi piso. Entraste tan callado como siempre, gesticulando sólo ante los cuadros y mis explicaciones. Rompiste el silencio para invitarme a ver los que pertenecieron a tu familia, era sábado, que tal si cenamos en mi departamento agregaste. Dudé, temiendo aburrirme, pero la curiosidad podía más. Nos despedimos hasta la noche con la misma formalidad que habíamos firmado el contrato.
La cena fue muy amena y la conversación extensa. Debatimos de arte, cultura; hasta nos adentramos en vidas y sueños sin cumplir. Me llevaste a la terraza a tomar un último trago de vino; a disfrutar de la cálida noche de verano, llena de estrellas. Cuando menos lo esperaba, me besaste suavemente.
Desde ese momento no volvimos a separarnos. Un año más tarde me mudé con mis cuadros, mi caballete y mis cosas a tu piso. Pasamos el resto de nuestras vidas, vos entre monedas y yo entre pinceles, disfrutando cada noche como si fuera aquella.
Un final sin perdices como en los cuentos, pero juntos y felices para siempre.
Hay sueños que se sueñan y son largos, como largas han sido las vueltas de mi vida. Algunas veces lo recuerdo y se que te quedaste, ahí, en la terraza del cuarto piso, parado mirando el cielo, esperándome.

lunes 23 de marzo de 2009

Ya lo sabía



Lo supe desde chica, dios no existe.
Pero me parecía divertido ese juego de los adultos, donde se reunía todo el pueblo acordando ponerse serios y cantar los domingos. La ropa y los zapatos de fiesta, los saludos a la salida y el almuerzo en familia, con un postre diferente a los de la semana.
Luego, en casa, hacía las misas con todos mis muñecos mientras les leía algún pasaje bíblico sacado del misal de mi padre. Repartía pedacitos de pan viejo que quedaban en la panera de la cocina.
A veces juntaba algún viejo collar, una manta sobre mis hombros, el abrecartas de mi madre, y la misa terminaba con el sacrificio de alguno de los duros y plásticos participantes. Supongo, para bajar alguna angustia infantil.
Otros días, a la siesta cantaba canciones sacras mientras me hamacaba siguiendo un cancionero robado por una vecinita, que intentó convencerme para que lo devolviera a la iglesia luego de un sermón que dio el cura sobre los ladrones y el infierno.
El infierno no me parecía tan terrible, no podía imaginar que tan malo era eso de quemarse eternamente. Ni el purgatorio parecía distar de la vida que llevaba.
Del cielo, ni hablar. Nadie había podido darme una pista sobre lo que podía tener de interesante. Según mi madre, era hacer cosas imposibles, aquello que deseaba y no podía.
Mi imaginación sólo había llegado a la idea de atravesar paredes o comer todo el helado disponible. Nada que tuviera mucha utilidad, y menos luego de tantos años.
Me leía vidas de todos los santos y mártires con la misma pasión que las revistas de historietas. La diferencia entre algunos de ellos y Superman, no parecía tan grande. Pero participaba de las clases de religión con las mejores notas y todo el entusiasmo de la ingenuidad.
Las confesiones fueron las mismas durante años. Padre he pecado, dije mentiras; hice cosas que mis padres no querían; me pelee con mis hermanos.
¿Qué otra cosa puede hacer una niña a esa edad?
En la adolescencia, era una oportunidad para ver al compañerito que me gustaba, como lo hacían todos.
Seguía siendo un momento de encuentro pero no algo espiritual, y no crean que no lo intenté. Me arrodillé varias veces, por horas, rezando, buscando ese silencio dentro de mí. Sólo aburrimiento y sueño obtenía por resultado. Aún en mis peores momentos, no encontraba ninguna respuesta interior más que la de tener que aceptar lo que pasaba. Escuchaba a todos decir que era el misterio, la voluntad, pero para mí, sólo era la vida, la naturaleza y las decisiones humanas las que daban pesares y alegrías.
Lo peor al crecer, fue no poder decir que era atea; el sólo insinuarlo era motivo de repudio. Comentarios tales, como que estaba pasando por una prueba de fe o una etapa de rebeldía, aplastaban mis opiniones.
La única opción terminaba siendo el silencio, y dejar que sigan jugando sin mí.
Las cosas al final siempre se acomodan de alguna manera.
Dios no existe, lo dijo el presidente por televisión.