
La vida siempre ha buscado las mil formas para sorprenderme.
Y no voy a negar que lo haya logrado muchas veces. Golpes en plena cara, vientos que apenas despeinan, o lluvias de alegría que caen con pleno sol.
Con los años, este juego se había convertido en algo personal.
Por un lado, tantos dolores y desilusiones me habían empezado a insensibilizar; por otro escudriñaba cada destello en las sombras, cada silencio en los truenos.
Cuanto más fuerte golpeaba, más relajaba mi cuerpo siguiendo el movimiento de la ola; cuanto más furiosa la tormenta más enterraba mis sueños y mis raíces para no ser arrastrada.
Mis reflejos, justamente con la edad, se habían ido agudizando hasta poder escuchar el mínimo soplo en el universo.
Aquella noche, volvió a intentar sin suerte una broma pesada.
A pesar de las luces y la ensordecedora música cuando quedé sola cerca de la barra, lo sentí llegar.
A mis espaldas, tímidamente me sonreía un futuro.