
Lo supe desde chica, dios no existe.
Pero me parecía divertido ese juego de los adultos, donde se reunía todo el pueblo acordando ponerse serios y cantar los domingos. La ropa y los zapatos de fiesta, los saludos a la salida y el almuerzo en familia, con un postre diferente a los de la semana.
Luego, en casa, hacía las misas con todos mis muñecos mientras les leía algún pasaje bíblico sacado del misal de mi padre. Repartía pedacitos de pan viejo que quedaban en la panera de la cocina.
A veces juntaba algún viejo collar, una manta sobre mis hombros, el abrecartas de mi madre, y la misa terminaba con el sacrificio de alguno de los duros y plásticos participantes. Supongo, para bajar alguna angustia infantil.
Otros días, a la siesta cantaba canciones sacras mientras me hamacaba siguiendo un cancionero robado por una vecinita, que intentó convencerme para que lo devolviera a la iglesia luego de un sermón que dio el cura sobre los ladrones y el infierno.
El infierno no me parecía tan terrible, no podía imaginar que tan malo era eso de quemarse eternamente. Ni el purgatorio parecía distar de la vida que llevaba.
Del cielo, ni hablar. Nadie había podido darme una pista sobre lo que podía tener de interesante. Según mi madre, era hacer cosas imposibles, aquello que deseaba y no podía.
Mi imaginación sólo había llegado a la idea de atravesar paredes o comer todo el helado disponible. Nada que tuviera mucha utilidad, y menos luego de tantos años.
Me leía vidas de todos los santos y mártires con la misma pasión que las revistas de historietas. La diferencia entre algunos de ellos y Superman, no parecía tan grande. Pero participaba de las clases de religión con las mejores notas y todo el entusiasmo de la ingenuidad.
Las confesiones fueron las mismas durante años. Padre he pecado, dije mentiras; hice cosas que mis padres no querían; me pelee con mis hermanos.
¿Qué otra cosa puede hacer una niña a esa edad?
En la adolescencia, era una oportunidad para ver al compañerito que me gustaba, como lo hacían todos.
Seguía siendo un momento de encuentro pero no algo espiritual, y no crean que no lo intenté. Me arrodillé varias veces, por horas, rezando, buscando ese silencio dentro de mí. Sólo aburrimiento y sueño obtenía por resultado. Aún en mis peores momentos, no encontraba ninguna respuesta interior más que la de tener que aceptar lo que pasaba. Escuchaba a todos decir que era el misterio, la voluntad, pero para mí, sólo era la vida, la naturaleza y las decisiones humanas las que daban pesares y alegrías.
Lo peor al crecer, fue no poder decir que era atea; el sólo insinuarlo era motivo de repudio. Comentarios tales, como que estaba pasando por una prueba de fe o una etapa de rebeldía, aplastaban mis opiniones.
La única opción terminaba siendo el silencio, y dejar que sigan jugando sin mí.
Las cosas al final siempre se acomodan de alguna manera.
Dios no existe, lo dijo el presidente por televisión.