Se acomodó inquieta en el diván, habitando ese vacío que se encuentra justo, entre la realidad actual y el recuerdo. Se preguntó cómo era posible estar en ambos lugares a la vez.
-Fue con mi padre, años atrás.-sentenció- Yo tendría unos siete años cuando esto empezó a pasar.-
Y cayó, simplemente, en la cocina de la casa de sus viejos. Con aquel armario pintado del mismo color de los azulejos celestes que tanto odiaba hoy, y en esa hora mágica de la infancia.
Trató de explicarle las cosas desde el principio para que la entendiera.
-Habíamos terminado de almorzar el domingo; y mi madre ya se había ido a dormir la siesta, luego de lavar los platos. Él se había quedado sentado en la mesa leyendo el diario. Sin decir nada fue a la cocina y yo lo seguí con curiosidad.- volvió al consultorio -No podía imaginar qué hacía un hombre en ese lugar de polleras; no en aquella época.-
Se mezclaban su relato con sus sensaciones. Ahora estaba aquí en el diván, ahora allá sintiéndose una niña de flacas piernas, que trataban de sostenerla en un mundo tan gigante y desmesurado. Los recuerdos le hacen preguntarse cuándo fue que se achicaron las habitaciones, los muebles y las personas a su alrededor.
¿Cómo podía arrastrarla hasta ese lugar una pregunta hecha sólo por método? ¿Acaso no tenía cosas más importantes que tratar de solucionar ahora?
Pero había aparecido esta situación confusa dentro de ella, y le generaba la misma angustia paralizante de siempre. Por qué justo ahora se iba a atrever a mandar un cuento a un concurso; cuando durante años había tratado de mantenerse en la seguridad que dan las penumbras de ser desconocida.
La pregunta era, por qué ahora, a pesar del temor se “exponía a la exposición”. Ella la miraba desde su sillón, dándole tiempo para que elaborara su respuesta.
Sabía que así era el juego; una palabra trae a la otra y terminamos sacando las cosas de encima, para encontrarnos con los motivos que nos arrastran a la repetición.
Lo peor no eran las palabras que se habían amontonado sobre todo esto; lo peor, para una artista como ella, eran los silencios.
El recuerdo de aquella primera vez también había sido en silencio; el silencio más grande que pueden tener los pueblos. Porque todos los que crecimos lejos de la ciudad sabemos que en las noches, sobre todo en las de verano, se escuchan grillos o sapos cantar hasta que nos dormimos.
Sin embargo, a pesar de que la luz de aquel invierno no era tan fuerte, entraba por las ventanas con las cortinas cerradas iluminando el ambiente cálidamente. No era en aquella ocasión, la noche ni la oscuridad lo que daba esa sensación de misterio, era el silencio.
-Nunca había visto que él lo hiciera.- resonó su propia voz de manera casi desconocida, como la de aquella niña que había sido entonces.
Él fue directo al armario y sacó una llave que estaba oculta en un estante superior, justo detrás del frasco con polenta, tan amarilla en el recuerdo. Se dio vuelta y le hizo una seña para que cerrara la puerta detrás de ella, lo cual hizo obedientemente.
Con esa llave abrió la puerta que quedaba a la izquierda, la única que tenía cerradura. Era el lugar donde su madre guardaba las cosas secretas de cocina que ella no había imaginado estuvieran en su propia casa. Los ingredientes para tortas y postres; para cuando venían visitas.
Fue a partir de entonces que, subida a una silla y tomando la precaución de sacar sólo pequeñas cantidades de chocolates, frutas secas o postre de maní tuvo acceso a un mundo de placer prohibido.
Volvió al diván para encontrarse con su rostro expectante, y el silencio. Una pregunta sin responder, esperándola.
-Se me cruzan recuerdos…; no estoy segura.- Intentó alargar el tiempo diciendo lo que sentía- Lo de mi padre... - como si ambas estuvieran viendo lo mismo, no aclaró las imágenes que tenía adentro, y le contestó con la mirada pidiendo que ponga algo para poder seguir.
Lo hizo. Le preguntó si tenía que ver con aquello que siempre decía su madre sobre escribir sólo para ganar el premio Nobel. Estaba siendo obediente con mamá, o había aprendido a escribir para el lector.
-El Nobel no. Ni a Borges se lo dieron- sonrió irónicamente -. No es por la fama o la exigencia materna. Tampoco por el lector, al que aún no puedo ni pensar que esté del otro lado. Sigo escribiendo para mí- y sonó la resignación de su soledad artística.
-Tampoco es por el viaje... A Mendoza- agregó quedadamente.
-Te vendría bien viajar un poco. Tomarte unos días del trabajo- aportó tratando de ayudarla.
-Es un viaje en avión. Los aviones hoy son un peligro; no sé si me animaría a subir a uno. Además, allá en Mendoza puede haber temblores o terremotos- se rió de si misma.- Creo que estoy mirando mucha televisión…- La sicóloga la acompañó con una sonrisa.
Era lo bueno de la terapia: se animaba a decir estupideces sin sentir que eso le jugaría en contra, como en otros ámbitos. Sabía que ella no la juzgaba.
Volvió el silencio, ese tremendo pozo que debía rellenar; esa angustia nunca superada a caer en el vacío.
-La tía Antonia me trajo algo de su viaje-. Y su padre fue el que rompió el silencio agarrando una botella regordeta que se encontraba en el fondo del armario.
-Es un vino de misa. Se llama Mistela. Lo hacen los monjes en un convento de la provincia.
Fue hasta la mesada tomando una copa al pasar por la alacena. Lo destapó y sirvió con ese ruido que hace el vino espeso mientras sale del encierro.
Pudo recordar el brillo y el color que tenía al viajar desde la botella hasta la copa de cristal, el fluir que hoy describiría como sensual. Esos segundos de maravilla son los que nos detienen en la eternidad.
Levantó la copa hacía la luz para disfrutar él también, del color bordó, cálido y profundo. El gesto de su padre le recordó el momento de la ceremonia en que se hace la bendición en la misa de los domingos.
-Yo le robaba de este vino al cura cuando era monaguillo en mi infancia- dijo suavemente, casi para adentro.
Tomó el primer sorbo con los ojos entrecerrados mientras ella lo miraba como hipnotizada ante el gran descubrimiento: los padres tienen secretos.
Su mundo infantil estaba totalmente conmovido. Tal vez en esa ceremonia de iniciación fue que empezó a achicarse la casa junto con los adultos.
-Tomá un traguito... Despacito, que te puede arder un poco- dijo más cercano a ella, entregándole la llave para entrar a un mundo de otros placeres, lejanos a los chupetines y los caramelos de naranja o limón que le compraba en el kiosco de la esquina algunas veces.
El sabor era dulce y pesado a la vez; se le pegaba en el paladar y se extendía ese picor por dentro de la nariz, acompañado de un aroma tan profundo como su color.
La niña pasó del temor a lo desconocido, a la satisfacción del placer y a la aceptación de aquel secreto entre ellos. Sabía que la ceremonia debía quedar oculta del conocimiento de su madre, que de enterarse, a él le hubiera valido una discusión matrimonial. Un secreto compartido entre padre e hija.
El momento se rompió en ese mismo instante y fue reemplazado por otro amargo. Su cara cambió rápidamente en una mueca.
-¿Qué pensás?- preguntó trayéndola a la realidad luminosa del consultorio.
Tenía una respuesta, amarga respuesta como el vino rancio.
-En el día que mi padre supo que quería dedicarme al arte…
Su cuerpo se había puesto rígido; tuvo que moverlo junto con el almohadón a sus espaldas.
-No estaba de acuerdo con esas pavadas del arte. Cosas de haraganes. Recuerdo que dijo que todos los artistas éramos unos borrachos-. En algún lado las palabras dolían atravesándola a la altura del pecho.
-Los padres se equivocan muchas veces. Te va a pasar a vos también-. Y tenía razón en acotarlo; pero la niña no había podido comprender cómo justo él no entendía su placer.
-Me dejó la idea de que el placer debe ser secreto, ¿verdad?- dijo con resignación al entender, desde su edad adulta al padre y a esa adolescente, a la que con unas palabras, se le había roto un lazo íntimo entre ellos.
No era necesario que le contestara nada; bajó la cabeza y anotó algo en el cuaderno apoyado en su falda.
Esta vez esperó a que ella terminara de escribir para cerrar el pensamiento. Cuando levantó la mirada no tuvo problema en decirle la razón:
-Lo hago por la caja de vino. Al concurso lo auspicia una bodega.- Le causó cierta vergüenza escucharse decir eso. Miró el piso un segundo esperando la reacción. Nunca llegó y, levantando los hombros, continuó:
-No es de borracha- la miró-. Ni vale la pena que lo aclare.
Ella confirmó con la cabeza que no había pensado en eso.
-Es por el placer del vino y el misterio de la creación.
Cuento creado para el concurso de revista "Ñ" y vino Misterio - junio de 2.008
sábado, 11 de octubre de 2008
miércoles, 1 de octubre de 2008
Teneme miedo...

Fue a los nueve años que descubrí la diferencia entre el arte, la realidad y la mentira.
En ese mismo momento también supe lo que era ser incomprendida; mis compañeritos ya nunca volvieron a mirarme igual.
En el verano, a escondidas había leído Crónicas Marcianas (ni pienso aclarar que es un libro de Ray Bradbury), ya que mi madre se había tomado la molestia de negárselo a mi hermano, ocho años mayor.
De más esta decir que, había disfrutado no sólo el placer de lo prohibido sino que también, la entrada a otros mundos. Mundos llenos de todo tipo de seres imaginarios, aventuras entre cielos lejanos, pero por sobre todo, había bañado mi vida de rojo, soñando con un planeta por habitar.
Así fue que, en pleno otoño, sentada sobre un pupitre del cuarto grado, comencé a narrar para aquellos niños las más extrañas historias que comenzaban con un…
… cada noche vienen a buscarme en su nave, y me llevan con ellos…
En realidad, dudo haber podido explayarme en más de un relato, ya que con cara aterrada se comenzaron a apartar, señalándome con sus dedos y repitiendo…
-Estás loca…
Mi desconcierto fue mayor que su temor. Con asombro descubrí que me creían, eso que para mí era sólo un invento, un juego imaginario de palabras y colores.
Me ha llevado muchos años salir de ese momento. Aún hoy, muchas veces escucho a mis espaldas algún “está loca”, o a los más ingenuos decirme ¿En serio te pasó eso?
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