
Otra vez lo inundaba el zumbido.
Me va a quemar la cabeza -decía- Me voy a quedar sordo.
Y subía el volumen de la radio para oír los policiales.
No era tan así.
Escuchaba a los amigos, a los padres, a los hijos, a los compañeros de oficina. Todas las voces se colaban por su cabeza y lo confundían.
El zumbido era cada vez mayor y lo aterraba.
Yo podía oírlo en sus silencios.
Era su deseo, pero no tenía el valor para escucharse él.

4 comentarios:
Está bueno. Me alegra que hayas vuelto con el blog. Y ¿que deseo tenía?
Gracias por tu comentario. Te cuento que según se, era el deseo de paternidad. Pero para lograr un deseo hay que trabajar por dentro y parece más facil hacerce el sordo, aunque no cumplir un deseo lleva un costo.
Ójala sigas leyendome. Saludos
Por eso es tan sencillo enredarse en ideales inalcanzables. Nos dan la seguridad de que siempre habrá algo que esperar y muy poco que hacer. Cómodo no?
¿Cómodo? ¿no será mejor decir cobarde? Perdón si suena duro.
Macqu estuve espiando tu blog y me parece bueno.
Rosalia
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