
Era como todos los hombres, así de especial, así de particular.
No entendía el origen de su sufrimiento, ni llegaba a rozarlo con su pensamiento. Buscaba en los astros, en las constelaciones más lejanas.
Su maldición, no distaba de la del resto de ellos.
Cual rey Midas, cada vez que tocaba una mujer, la convertía en su madre.

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