miércoles, 8 de abril de 2009

Unicornio


Raras veces se abre una brecha que une el pasado con el presente, y ese día, en una placita de Floresta sucedió.
Desde el cielo bajó un plateado unicornio a posarse junto a un cantero de flores, justo cuando el sol rojizo caía arrastrando las últimas horas del día. Sacudió sus crines, que generaron miles de destellos llamando la atención de los pocos testigos del caso.
Tal era la belleza y pureza de aquel mítico animal, que los presentes detuvieron su andar quedando convertidos en estatuas. O quizás fue, que maravillados ante el potrillo de cuerno de añil, se detuvieron para evitar espantarlo. Como sea, el único movimiento en esa plaza correspondía a las mandíbulas, que con placer devoraban las margaritas.
A veces, una vibración de la piel sacudía todo en cuerpo del equino cornado, y se trasladaba unas plantas más allá como si eligiera cuales debía deshojar; tal vez preguntándose, me quiere o no me quiere.
La escena, según cuentan, era realmente inspiradora para el alma. Este ser trasfundía pureza a toda la naturaleza que lo rodeaba; aves, perros, algún gato, y hasta a los mortales hipnotizados, se sentían bañados de aquella paz.
Fue entonces que se escuchó el sonido punzante avanzando en el aire hasta dar contra el pecho de luminoso pelaje, llenándolo de brotante sangre roja.
El unicornio cayó en un segundo sobre el césped perfecto de aquella plaza, derrumbándose junto a él, todo el ambiente mágico que había aplacado los sonidos del tránsito urbano. La gente volvió a su ritmo, apurada por llegar a su casa antes de que cayera la noche. En el lugar quedó una niña, la única que vio llegar al guardián de la plaza con el arma en la mano.
El uniformado hombre recogió al animal y lo arrastró lejos de las flores, hasta una pequeña casucha junto a la calesita. Con gran habilidad lo vació para rellenarlo de aserrín, esas lágrimas de árboles talados.
Así rígido, le atravesó una barra de metal y lo colocó junto a los caballos de madera pintados de bellos colores.
La niña lo descubrió al día siguiente, subiendo y bajando al ritmo de una estridente música, atrapado en el carrusel de aquel horroroso guardián.
Eso que cuento fue hace muchos años, hoy ya mujer, me alejo de las plazas y de los guardianes de grises trajes.

6 comentarios:

Jorge de Floresta dijo...

Bello relato.. aunque.. de ser yo el cuidador de la plaza.. nunca lo hubiese matado... no me gusta la violencia y no porto armas... admeas, un unicornio en estos tiempos seria como una caricia de Dios (si, con mayuscula..) como una confirmacion de que aun confia en nosotros...
Si a los unicornios.. no a los muros (porque los muros no dejan ver las miradas y si la gente no se ve.. no se conoce... y si no se conoce.. se teme.. y ahi volvemos a empezar.. no a los muros.. etc.etc.etc.)
Beso
Jorge

MacQu dijo...

Gracias por los besos...
Que casualidad que seas de Floresta. Ovbio que no sos el guardián de la plaza... Apoyo tu idea de tirar muros, salvo los que se pueden usar para hacer murales.
Te dejo un beso.

Jorge Floresta dijo...

Propongo entonces que los muros sean transparentes...asi permiten a la gente verse desde ambos lados y, al verse a traves de las pinturas, puedan coincidir en una sonrisa o, tal vez, en una ilusion.. creo que el mundo no seria tan malo...
Vaya este brindis, pues, por la defensa de los derechos del unicornio, por las plazas llenas de flores y bebederos que funcionen.. y sin rejas ... y por los que pintan los muros.. y los que escriben los muros.. y los que tiran los muros... pero no los que los levantan...
Beso
Jorge

MacQu dijo...

Levanto mi copa de crital brindo por un mundo sin muros... un mundo para las diferencias.
Gracias por tus comentarios tan poéticos.

Jorge de Floresta dijo...

Poesia solo merece poesia.. gracias por estimular mi pequeño cerebro con historias tan bellas..
Beso
Jorge

MacQu dijo...

Todos tenemos pequeñas historias... espero conocer las tuyas, es cuestión de animarse a contarlas...