lunes 30 de marzo de 2009

El caballero de la noche


("El caballero de la noche" recreación de tríptico en cartulina- 1.999)

Hace tiempo te soñé. Uno de esos sueños que se convierten en fantasía al despertar.
Me mudaba a un antiguo edificio de cuatro pisos en una callecita de Palermo, feliz por la nueva vida que empezaba. A los pocos días, aún sin terminar de instalarme, entraba corriendo, tratando de no perder el ascensor. Ahí te vi por primera vez, deteniendo la puerta de rejas romboidales, esperándome. Te agradecí la gentileza.
Ese espacio de tiempo que pasamos juntos, lo gastamos en silencios y sonrisas casuales, con miradas a escondidas como se hace siempre, al estar con desconocidos. Por tu aspecto casual, y los sifones acomodados a tus pies, te creí un sodero en plena tarea.
Era Palermo, se podían dar el lujo de tener uno tan interesante, me dije y bajé en el segundo piso.
Te volví a encontrar en las escaleras y en el ascensor varias veces más. No eras el sodero pero tampoco el encargado, Juan, al que ya conocía. Te imaginé como el nieto de alguna dulce viejita que vivía más arriba. No me interesó enterarme mucho más.
Una tarde me dirigí a la inmobiliaria por los últimos trámites del alquiler. Junto a la chica que me había citado estabas vos. Tu aspecto era más formal; tu voz grave y serena me impacto. Nos saludamos mientras la muchacha revolvía carpetas en busca de mi contrato. Me lo acercó para que lo firme, y luego te lo entregó a vos. Era tu inquilina. Según supe después, todos los departamentos te pertenecían por herencia de familia.
Como pasa siempre, Juan, me puso al tanto de toda tu vida. Habías quedado huérfano de padres en la infancia y fuiste criado por tu abuela, la dueña original del edificio. Una buena familia de antaño. Gente muy honesta y educada. Soltero, callado y entendido coleccionista de monedas antiguas. No se te conocía vida social ni amistades, tampoco más familia.
Supongo que habrá sido Juan el que te comentó que pintaba cuadros, porque me preguntaste sobre ellos una mañana que coincidimos en el ascensor. Me dijiste que te gustaría verlos, que te interesaba el arte. Naturalmente te invité en ese mismo momento a bajar en mi piso. Entraste tan callado como siempre, gesticulando sólo ante los cuadros y mis explicaciones. Rompiste el silencio para invitarme a ver los que pertenecieron a tu familia, era sábado, que tal si cenamos en mi departamento agregaste. Dudé, temiendo aburrirme, pero la curiosidad podía más. Nos despedimos hasta la noche con la misma formalidad que habíamos firmado el contrato.
La cena fue muy amena y la conversación extensa. Debatimos de arte, cultura; hasta nos adentramos en vidas y sueños sin cumplir. Me llevaste a la terraza a tomar un último trago de vino; a disfrutar de la cálida noche de verano, llena de estrellas. Cuando menos lo esperaba, me besaste suavemente.
Desde ese momento no volvimos a separarnos. Un año más tarde me mudé con mis cuadros, mi caballete y mis cosas a tu piso. Pasamos el resto de nuestras vidas, vos entre monedas y yo entre pinceles, disfrutando cada noche como si fuera aquella.
Un final sin perdices como en los cuentos, pero juntos y felices para siempre.
Hay sueños que se sueñan y son largos, como largas han sido las vueltas de mi vida. Algunas veces lo recuerdo y se que te quedaste, ahí, en la terraza del cuarto piso, parado mirando el cielo, esperándome.

1 comentarios:

luna dijo...

"Juntos y felices para siempre", esa es la fantasía infantil que venimos arrastrando desde los comienzos y a pesar de que sabemos que es solo ilusión, aún nos quedan reminiscencias.
WoW! pobre corazón! Parado en el balcón del cuarto piso mirando al cielo...