
Salí al balcón de la oficina a descansar un poco, tratando de escapar del trabajo aún por hacer. Miré al cielo buscando respuestas o sólo para despejarme. El fin de año se acercaba sin pausa, era ese tiempo de balances inconcientes, de promesas que nunca vamos a cumplir, de sueños que quedarán para mañana y se perderán en el trajín de los días. Bajé la mirada resignada a la calle, sabiendo que era inútil pensar el eso, y me sorprendió la multitud abarrotada en la vereda de enfrente.
Imaginé que habría alguna oferta de rebajas navideñas en algún comercio, pero sus cabezas miraban insistentes hacia donde estaba yo.
Sentí ese silencio de presencia junto a mí y giré buscando el foco de las miradas. Sentado sobre la baranda del balcón vecino, se encontraba un hombre de mediana edad con una pierna asomada al vacío.
No parecía notar mi presencia. Me paralizó el terror que me daba pensar lo que intentaba hacer. Se comenzaron a escuchar las sirenas de la policía y los bomberos.
El hombre se balanceó suavemente, seguramente al ritmo de sus sentimientos. Cuando los patrulleros se detuvieron cortando la calle, pareció tomar la decisión y se preparó para saltar. Su cuerpo comenzó a inclinarse, buscando el vacío que lo contuviera.
Reaccioné, tenía que hacer algo.
-Esperá- le dije con tranquilidad forzada tratando de no asustarlo.
No se sobresaltó al escucharme, como si ya hubiera sabido que yo estaba ahí. Giró su cabeza hacía mí y me miró con los ojos oscuros de dolor. Abrió su boca despacio y me preguntó:
-¿Qué querés que espere?- Se miró para adentro y continuó.
-Ya esperé toda mi infancia que mis padres me quisieran, que me comprendieran, y sólo se hicieron viejos y más duros,
Esperé a crecer para liberarme, para ser feliz, para esa vida mejor que trae el sueño de la adolescencia.
Esperé los buenos días, las soluciones, las respuestas, los milagros, el amor. Esperé en esos ojos encontrar lo que esperaba… y hasta soñé que se quedara. Esperé que mis amigos me acompañaran, que nunca me traicionaran…
Seguí esperando que mi trabajo me diera satisfacciones que no obtenía en mis relaciones; que me reconocieran los esfuerzos, las buenas intenciones, los consejos dados, la paciencia, la eficiencia.
Siempre tuve una razón para esperar.
Por mi ventana salieron dos mediadores de la policía….
Casi en voz baja terminó su balance mirándome otra vez a los ojos.
-Esperé toda la vida, no quiero seguir esperando la muerte.
Puso un punto final a la oración que me golpeó el alma, pasó la otra pierna y se empujó con las manos para alejarse de la pared al caer.
Hubiera pensado que esa imagen sería en cámara lenta como en las películas, pero en un segundo, ya estaba tirado allá abajo, contra el asfalto.
El sol calentaba con fuerzas la tarde desentonando con el hielo de mi cuerpo.
Sentí que me agarraban por la espalda cuando me acerqué a mirar, me alejaron y me ayudaron a entrar a la oficina. Mis compañeros me miraban con horror, paralizados.
Rompí a llorar, una compañera juntó mis cosas y me sugirió que me fuera a casa. Me acompañó junto al sicólogo de la policía hasta la calle donde la multitud daba gritos.
El sicólogo me hablaba cosas que no llegaba a escuchar. Mis pensamientos se amontonaban tratando de darme una respuesta urgente. Logré oir a mi compañera que me llamaba por mi nombre. Me detuvo en mí caminar sin rumbo.
-¿Estás bien?- dijo amarrándome la cara para que le prestara atención. -¿Qué vas a hacer ahora?
-Estoy bien, gracias… Le voy a hacer caso a él.- la miré a los ojos serenamente.
-Voy a dejar de esperar la vida.

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