
Ella intenta convencerme que éramos más felices en la infancia; la miro y dudo.
“Podíamos hacer lo que queríamos” fue su última frase, antes de congelarme y transportarme en el tiempo, hacía una niña de apenas seis años.
Había tomado un pañuelo de cuello con lunares de colores, que usaba para jugar a los gitanos, y estaba metiendo algunas cosas en él.
Con el palo de un plumero roto y la destreza que da la costumbre, hice el nudo que terminaba el “hato” de linyera.
Emprendí en silencio la caminata por el largo pasillo de la casa.
Al pasar por la cocina miré a mis padres, y seguí hasta la puerta de calle.
Salí; respiré profundamente el aire de la noche insipiente. Estaba haciendo frío pero tenía puesta mi campera. Me sentí preparada y di el primer paso para salir del porche. La noche se oscureció de golpe al darme cuenta que no sabía a donde ir, tuve miedo.
Unas horas más tarde se abrió la puerta; mi padre me avisó que cerraba con llave la casa.
¿Vas a entrar?
Sin una palabra que decir, me levanté del escalón y me fui a mi cuarto.
La miré sabiendo que no entendería que ya era libre de caminar en la noche y le dije: “Soy más feliz ahora.”

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